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FRANCISCO:
“CONTRASTE EXISTENTE ENTRE LA ESPERANZA CRISTIANA
Y LA REALIDAD DE LA MUERTE”
Y LA REALIDAD DE LA MUERTE”
AUDIENCIA GENERAL.
18-10-2017.
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Texto y audio completo de la catequesis del Papa Francisco
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días
Hoy quisiera
poner en contraste la esperanza cristiana con la realidad de la muerte, una
realidad que nuestra civilización moderna tiende siempre más a cancelar. Tanto
así que, cuando la muerte llega, para quien nos está cerca o para nosotros
mismos, no nos encontramos preparados, privados incluso de un “alfabeto”
adecuado para esbozar palabras de sentido en relación a su misterio, que de
todos modos permanece. Y sin embargo los primeros signos de civilización humana
han transitado justamente a través de este enigma. Podríamos decir que el
hombre ha nacido con el culto a los muertos.
Otras
civilizaciones, antes de la nuestra, han tenido la valentía de mirarla en la
cara. Era un acontecimiento narrado por los viejos a las nuevas generaciones,
como una realidad ineludible que obligaba al hombre a vivir para algo de
absoluto. Recita el salmo 90: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que
nuestro corazón alcance la sabiduría» (v. 12). Contar los propios días como el
corazón se hace sabio. Palabras que nos conducen a un sano realismo, expulsando
el delirio de omnipotencia. ¿Qué cosa somos nosotros? Somos «casi nada», dice
otro salmo (Cfr. 88,48); nuestros días transcurren velozmente: si viviéramos
incluso cien años, al final nos parecerá que todo haya sido un soplo. Tantas
veces yo he escuchado a los ancianos decir: “La vida se me ha pasado como un
soplo”.
Así la
muerte pone al desnudo nuestra vida. Nos hace descubrir que nuestros actos de
orgullo, de ira y de odio eran vanidad: pura vanidad. Nos damos cuenta con
tristeza de no haber amado lo suficiente y de no haber buscado lo que era
esencial. Y, por el contrario, vemos lo que verdaderamente bueno hemos
sembrado: los afectos por los cuales nos hemos sacrificado, y que ahora nos
sujetan la mano.
Jesús ha
iluminado el misterio de nuestra muerte. Con su comportamiento, nos autoriza a
sentirnos dolidos cuando una persona querida se va. Él se conmovió
«profundamente» ante la tumba de su amigo Lázaro, y «lloró» (Jn 11,35). En esta
actitud, sentimos a Jesús muy cerca, nuestro hermano. Él lloró por su amigo
Lázaro.
Y entonces
Jesús pide al Padre, fuente de la vida, y ordena a Lázaro salir del sepulcro. Y
así sucede. La esperanza cristiana recurre a esta actitud que Jesús asume
contra la muerte humana: si ella está presente en la creación, pero ella es un
signo que desfigura el diseño de amor de Dios, y el Salvador quiere sanarla.
En otro
pasaje los evangelios narran de un padre que tenía una hija muy enferma, y se
dirige con fe a Jesús para que la salve (Cfr. Mc 5,21-24.35-43). Y no existe
una figura más conmovedora de aquella de un padre o de una madre con un hijo
enfermo. Y enseguida Jesús se dirige con aquel hombre, que se llamaba Jairo. A
cierto momento llega alguien de la casa de Jairo y le dice que la niña está
muerta, y no hay más necesidad de molestar al Maestro. Pero Jesús dice a Jairo:
«No temas, basta que creas» (Mc 5,36). Jesús sabe que este hombre está tentado
de reaccionar con rabia y desesperación, porque ha muerto la niña, y le pide
custodiar la pequeña llama que está encendida en su corazón: fe. “¡No temas,
sólo ten fe!”. “¡No tengas miedo, continúa solamente teniendo encendida esa
llama!”. Y después, llegados a la casa, despierta a la niña de la muerte y la
restituirá viva a sus seres queridos.
Jesús nos
pone sobre esta “cima” de la fe. A Marta que llora por la desaparición del
hermano Lázaro presenta la luz de un dogma: «Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no
morirá jamás. ¿Crees esto?». (Jn 11,25-26). Es lo que Jesús repite a cada uno
de nosotros, cada vez que la muerte viene a arrancar el tejido de la vida y de
los afectos. Toda nuestra existencia se juega aquí, entre el lado de la fe y el
precipicio del miedo. “Yo no soy la muerte, dice Jesús, yo soy la resurrección
y la vida, ¿crees tú esto?, ¿crees tú esto?”. Nosotros, que hoy estamos aquí en
la Plaza, ¿creemos en esto?
Somos todos
pequeños e indefensos ante el misterio de la muerte. ¡Pero, que gracia si en
ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe! Jesús nos tomará de la
mano, como tomó de la mano a la hija de Jairo, y repetirá todavía una vez:
“Talitá kum”, “¡Niña, levántate!” (Mc 5,41). Lo dirá a nosotros, a cada uno de
nosotros: “¡Levántate, resurge!”. Yo los invito, ahora, tal vez a cerrar los
ojos y a pensar en aquel momento: de nuestra muerte. Cada uno de nosotros
piense a su propia muerte, y se imagine ese momento que llegará, cuando Jesús
nos tomará de la mano y nos dirá: “Ven, ven conmigo, levántate”. Ahí terminará
la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Piensen bien: Jesús
mismo vendrá a cada uno de nosotros y nos tomará de la mano, con su ternura, su
humildad, su amor. Y cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús:
“¡Levántate, ven. Levántate, ven. Levántate, resurge!”.
Esta es
nuestra esperanza ante la muerte. Para quién cree, es una puerta que se abre
completamente; para quién duda es un resquicio de luz que filtra de una puerta
que no se ha cerrado del todo. Pero para todos nosotros será una gracia, cuando
esta luz, del encuentro con Jesús, nos iluminará. Gracias.
(Traducción
del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
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